¡Adiós al pensamiento débil y viva la filosofía fuerte!

28.10.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

“El gesto de tocar cosas que son independientes de nosotros tiene en sí mismo una dialéctica secreta que no es otra sino la lucha por el reconocimiento: el objeto se ve obligado a reconocernos y nosotros descubrimos que el objeto tiene su propio ritmo, esto último crea en nuestro interior toda clase de referencias simbólicas significativas. Sus ritmos siguen escuchándose hasta el día de hoy, pero nuestros oídos ya no son capaces de escucharlos”.

Estas reflexiones que hace Roberto Cecchetti (Il ritmo del desiderio, Mimesis, 2019) son un intento de volver a recordar esta geografía invisible cuya cartografía ha sido olvidada, ya que en su libro pretende mostrarnos las múltiples conexiones que unen todos los distintos planos de la realidad: se trata de un diálogo/choque con lo negativo – un negativo que es a su vez una epifanía multidimensional que atraviesa tanto la experiencia de la autoconciencia y del individuo como la comunidad y la historia – donde toda afirmación vuelve a su Origen y finalmente se renueva el significado de su manifestación.

¿Cómo podemos relacionarnos con los arquetipos que se expresan por medio de los ritmos del ser? Únicamente a través de los símbolos y los mitos. La hermenéutica mítico-simbólica – como nos gusta definir a este hilo rojo caustico que recorre toda la cultura occidental “herética” – la podemos encontrar en muchos autores, más o menos conocidos y que más o menos coinciden entre sí, a pesar de sus diferentes orientaciones y perspectivas, en buscar la reunificación de todos los niveles de la realidad por medio del mito y los símbolos.

Evola, Guénon, Zolla, Jung y Eliade son los Hermes del siglo XX, es decir, aquellos que se ven comprometidos con la construcción de un puente entre lo visible y lo invisible en medio de la secularización. Todos ellos siguieron caminos muy diferentes – muchas veces incompatibles – que el ensayo de Cecchetti analiza críticamente. Más allá de las indagaciones filológicos o de las distinciones teóricas, existe un punto que queremos subrayar: el conocimiento e incluso la vida es imposible sin la ayuda de estructuras que medien entre nosotros y el mundo, y ese es precisamente el papel del mito.

Cecchetti dice que solo podremos superar el nihilismo si fundamentamos nuestro pensamiento en la ascesis filosófica, es decir, en una práctica que es un ejercicio constante sobre uno mismo y, por lo tanto, sobre el mundo.

Por lo tanto, “las leyes que predominaran en el futuro no vendrán de algo que es ajeno a nosotros, como sucede con las leyes de la naturaleza, sino que será fruto de este individuo que refunda al ser cuestionándose a sí mismo”. Esta misma idea fue formulada por Evola cuando habla del individuo absoluto. No obstante, con tal de no terminar en una especie de autismo autorreferencial, tal y como planteaba la Nueva Objetividad, preferimos hablar de correspondencias espirituales que crean nuevas formas. Eso quiere decir que el mundo no es una mera proyección ilusoria de nuestro ego y, en ese sentido, se trata de una superación de dualismos como sujeto-objeto, inmanencia-trascendencia, materia-espíritu, con tal alcanzar un plano superior.

De ahí la necesidad de una filosofía “fuerte” que sea capaz de hacer a un lado el relativismo y las filosofías “débiles” o “líquidas”, pero que también supere la metafísica clásica que es dualista y sustancialista. Se trataría de una construcción tanto teórica como práctica que, en definitiva, permita una osmosis entre los planos inmanente y trascendente de la experiencia.

Cecchetti también plantea que el misterioso secreto de la magia reside en la particular relación que establece entre el sujeto y su negativo. ¿Qué lugar se le ha asignado a la magia en la época de “la muerte de Dios”? Cecchetti considera que la mejor respuesta que se le ha dado a esta cuestión la proporciona la teoría junguiana y su compromiso de reformar la psicoterapia, tanto a un nivel técnico como operativo, con tal de que esta no sea exclusivamente una práctica terapéutica, sino también mágico/transformadora.

El objeto y el sujeto no son otra cosa que dos polos trágicos que bailan en lados opuestos de la vida: las personae, es decir, las máscaras teatrales que nosotros representamos, pueden vivir de acuerdo a la espontaneidad de la existencia o asumirla, queriendo ser lo que se es, en el sentido nietzscheano, o, como lo planteo Evola, convirtiendo su ser en una potencia capaz de trascender lo infinito por medio de lo finito y haciendo que lo finito sea infinito.

Un ejemplo en el ámbito de la estética serían las tazas de Fontana, una creación mitopoética donde los gestos, por más simples y mínimos que sean, rayando incluso en el zen, son capaces de abrirnos a energías extremadamente potentes donde aquí y ahora el hombre integral rasga el velo de la materia. Este hombre integral modifica tanto su interior como su exterior: “Se trata de un acto dinámico unitario, en el que lo sensible y lo sentido son la misma cosa y no una suma, es decir, la síntesis o la relación de dos o más cosas que originalmente eran distintas” (Romano Gasparotti, Il quadro invisibile).

Entramos nuevamente al accidentado pero fascinante terreno donde existe la trascendencia inmanente del muy lejano aquí y ahora. También Cecchetti dirige su mirada hacia lo invisible que nos atraviesa e imagina aquello que puede existir más allá del marco de lo temporal: “Tal vez el apaciguamiento de la voluntad de poder se asemeje a la suma de todos los ritmos o al silencio al que llegamos después de tocar todos los ritmos posibles durante mucho tiempo, o, más que a la filosofía, se parezca a la narrativa o a la poética de la contemplación”.

La disonancia debe entenderse como la verdad de la armonía. La filosofía reconoce e inventa el sensus (non) communis: la belleza de la contradicción, la obstinada fecundidad del polemos, el poder estético – y extático – de lo maravilloso. Los rostros que hemos amado, las personas que, en la reiteración de la diferencia, ya (no) volverán, son sustituidas por la acción (Tat) que Goethe (Fausto) considera el principio de todo: aquí el discurso calla, los nombres desaparecen y ese Más Allá inaccesible se abre a nosotros. Todo esto son signos de un cambio radical, extremo o una forma de metanoia que solo la música es capaz de conciliar. Abrir nuestro oído musical con la intención de unificar el futuro con el pasado y percibir el presente es una tarea muy ardua, pero decisiva. Se trata de buscar un Origen que existe tanto dentro del flujo del tiempo como más allá de él.