Grupo de trabajo Feniks (Flandes): ¡No más guerras fratricidas!

02.03.2022
En este momento, toda nuestra civilización reacciona con indignación ante la invasión rusa de Ucrania. Una guerra que a nadie le gusta ver tan cerca. Se han cruzado muchas fronteras, especialmente las de la integridad territorial de la propia Ucrania. Cada baja es lamentable y, lo que es peor, evitable.

Ahora hay una guerra de condenas y sanciones contra Rusia, que lanzó la incursión esta semana. Siendo realistas, la mayoría de la gente se da cuenta de que esto no resolverá el conflicto. Ninguna sanción económica y, desde luego, ningún edificio iluminado en azul y amarillo hará cambiar de opinión a los rusos. Por impotencia, nos expresamos través de declaraciones en las redes sociales y en la prensa, aunque tenemos que admitir que ninguno de nosotros ve que nuestro propio país vaya a la guerra.

Siempre debemos aprender de la historia para mirar al futuro, incluso y especialmente ahora.

Lo que provocó esta invasión se olvida fácilmente, o incluso se niega deliberadamente. A los políticos occidentales les gusta lavarse las manos y culpar unilateralmente a Putin. Sin embargo, el motivo de la incursión ha sido un problema en la escena internacional durante algún tiempo y ha salido a la luz desde 2014. En 2014, la política occidental apoyó a la entonces oposición de Ucrania en la revolución del Maidán, que reclamaba un rumbo prooccidental, pro UE y pro OTAN y especialmente antirruso. Entre otros, nuestro ex primer ministro Guy Verhofstadt fue a Kiev para echar más aceite al fuego (contra un buen pago, por supuesto).

Los acuerdos anteriores entre la OTAN y Rusia se pusieron aún más en peligro. Un acuerdo (entre Occidente (OTAN) y Rusia) para que la OTAN no se expanda en los antiguos países soviéticos. Con ello se pretendía evitar que Rusia se viera rodeada de bases hostiles de la OTAN en sus inmediaciones. Desde la promesa de EE.UU. de que Ucrania podría entrar en la OTAN en 2008, Rusia ha expresado repetidamente su preocupación al respecto, pero Occidente se escudó en la soberanía nacional de Ucrania, mientras buscaba, con mucho dinero, acercar a Ucrania a la UE y a la OTAN. Este juego fue visto a través, y una amenaza directa a Rusia.

Podemos considerar este conflicto de dos maneras. O bien reaccionamos desde una perspectiva etnocéntrica y culpamos unilateralmente a Rusia, lo que se traduce en largas y duras sanciones y más tropas en el Este. O intentamos mirar el panorama general y pensar a largo plazo. Entonces, quizá debamos aceptar que la época en la que Occidente fijaba unilateralmente las condiciones en la política internacional ha quedado atrás, y que algunos grupos de presión en Occidente, como los neoconservadores, como el difunto John Mccain, y los liberales, como Guy Verhofstadt, no sirven a los intereses de paz de Europa.

La guerra en Ucrania demuestra que necesitamos una estrategia geopolítica diferente. ¿Tenemos, en tanto que Europa, las agallas para mirarnos a nosotros mismos y defender nuestros propios intereses? ¿Nos ocupamos de nuestra defensa en lugar de descuidarla como hemos hecho durante los últimos 30 años? ¿Podemos empezar con el desarrollo de una fuerza de paz europea continental como zona neutral y no aceptar admitir las rígidas fronteras de la OTAN por un lado y, por ejemplo, Rusia (o China, o en los Estados Unidos) por otro? ¿Vamos a seguir reaccionado con indignación durante unas semanas, dañando así aún más nuestra propia economía y sin hacer nada para que en la próxima crisis seamos igual de impotentes?