Ideología, propaganda y conflicto.

12.03.2022

"En consecuencia, es un precepto o regla general de la razón que todo hombre debe esforzarse por la paz, en la medida en que tenga esperanza de obtenerla, y cuando no pueda obtenerla, buscar y utilizar todas las ayudas y ventajas de la guerra. La primera parte de esta regla contiene la primera y fundamental ley de la naturaleza, que es buscar la paz y conseguirla. La segunda, la suma de la ley de la naturaleza, que es defender por todos los medios posibles".

(Thomas Hobbes, Leviatán)

 

En su interpretación personal de la obra más famosa de Thomas Hobbes, Carl Schmitt subraya cómo la figura del Leviatán evoca principalmente "un símbolo mítico lleno de significados ocultos"[1].  Este mito, según el gran jurista alemán, debe entenderse ante todo como una lucha secular de imágenes. De hecho, en el libro de Job, junto a la figura del Leviatán (el animal marino más fuerte e indomable) se representa otro animal con igual protagonismo y riqueza de detalles: el Behemoth terrestre.

Tras una rápida mirada a las interpretaciones cristianas de este "mito" (por ejemplo, según el Apocalipsis de Juan, en el famoso Liber Floridus del siglo XII, el Anticristo es representado entronizado sobre Leviatán mientras un demonio monta a Behemoth), Schmitt se centra en la exégesis judía, donde ambas bestias se convierten en símbolos de los poderes mundanos y paganos hostiles a los judíos. "El Leviatán", afirma Schmitt, "representa las bestias de los mil montes (Salmos 50:10), es decir, los pueblos paganos"[2].  En este sentido, la historia del mundo se presenta como una lucha de los pueblos paganos entre sí. En particular, la lucha tiene lugar entre Leviatán -los poderes marítimos- y Behemoth -los poderes terrestres-. Behemoth intenta destrozar a Leviatán con sus cuernos, mientras que Leviatán tapona la boca y las fosas nasales de Behemoth con sus aletas, matándolo. Esto, sigue diciendo Schmitt, es "una bella imagen del estrangulamiento de una potencia terrestre por un bloqueo naval"[3] (la referencia, por supuesto, es al bloqueo naval con el que los británicos estrangularon la economía alemana durante la Primera Guerra Mundial). En todo esto, los judíos observan cómo los pueblos de la tierra se matan entre sí: "para ellos, estas matanzas y degollamientos mutuos son legales y kosher. Por eso comen la carne de los pueblos asesinados y sacan vida de ella"[4].

Si se aplica la interpretación schmittiana de este tema bíblico a los acontecimientos actuales, no es especialmente difícil identificar a Rusia y Europa, respectivamente, como el Behemoth y el Leviatán, y a Estados Unidos como los que "se alimentan de la carne de los muertos y viven de ella".

En dos artículos de la página web de "Eurasia", titulados “El enemigo de Europa”  y  “Comparación de modelos geopolíticos”, se intentaba explicar cómo Estados Unidos, a través de dos guerras mundiales en el espacio de treinta años (no es casualidad que el historiador Eric Hobsbawm hablara de una "segunda guerra de treinta años" y Ernst Nolte de una "guerra civil europea"), consiguió desbancar a Gran Bretaña de su papel de potencia mundial, desgastándola en una lucha sin cuartel con Alemania. La "Gran Guerra" se presta especialmente bien a esta interpretación, dado que Estados Unidos sólo intervino tras transformarse de país deudor a país acreedor y tras asegurarse de que los contendientes europeos saldrían del conflicto, fuera cual fuera el resultado, en condiciones económicas desastrosas. Y no parece descabellado utilizar el mismo esquema interpretativo para la crisis actual de Europa del Este, dado que, hoy como en 1914, Estados Unidos es el mayor país deudor del mundo.

Sin embargo, este enfoque requiere una cuidadosa consideración. Hemos elegido comenzar este análisis con una cita de Thomas Hobbes por la sencilla razón de que el filósofo inglés reconoce que el Estado es, ante todo, un sistema de seguridad destinado a garantizar la seguridad de su pueblo y a impedir el retorno al estado de naturaleza: la lucha de todos contra todos.

Hobbes afirma expresamente que el deber de todo hombre es luchar por la paz. Pero cuando esto no puede lograrse, está en su derecho de utilizar las ventajas de la guerra. El pensador de Malmesbury, a su favor, dice también algo más. Concretamente, afirma la necesidad del respeto de los pactos, porque: "sin tal garantía los pactos son vanos y sólo palabras vacías, y permaneciendo el derecho de todos los hombres a todas las cosas, se está siempre en condición de guerra [...] Pero cuando se hace un pacto, entonces romperlo es injusto y la definición de la injusticia no es sino el incumplimiento del pacto"[5]. Y de nuevo: "Por lo tanto, quien rompe el pacto que ha hecho, y por consiguiente declara que cree que puede hacerlo con razón, no puede ser recibido en una sociedad que se reúne para la paz y la defensa, sino por el error de los que lo reciben, ni, una vez recibido, permanecer sin que éstos vean el peligro de su error"[6].

¿Cuál es la utilidad de estas citas ante el actual conflicto en Ucrania? Es bueno ir en orden. En 1987, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), que regulaba la colocación de misiles balísticos de corto y medio alcance en suelo europeo. Al mismo tiempo, Washington dio a Moscú garantías de que la OTAN no se expandiría hacia el este.

En 2014, Ucrania estaba gobernada por Viktor Yanukovic, cuyo principal defecto (más que la corrupción generalizada) era haber optado por la posible entrada del país en la Unión Económica Euroasiática. De hecho, en su visión, la ex república soviética debía ser un puente entre Oriente y Occidente y no una ruptura geográfica entre Rusia y el resto de Europa. En una entrevista concedida a la CNN unas semanas después del golpe de Estado en Kiev, el especulador ("filántropo") George Soros declaró abiertamente que había contribuido a derrocar el "régimen pro-ruso" con el fin de crear las condiciones para el desarrollo de una democracia de estilo occidental. No sólo eso, sino que el gobierno ucraniano post-golpista fue seleccionado utilizando una metodología corporativa. En concreto, la selección fue realizada por dos empresas de "headhunting", Pedersen & Partners y Korn Ferry, que eligieron a 24 personas de una lista de 185 candidatos entre extranjeros residentes en Ucrania (no es de extrañar que el gobierno post-golpista incluyera a un estadounidense, un lituano y un georgiano) y ucranianos residentes en Canadá y Estados Unidos. Todo el proceso -y esto no es sorprendente- fue financiado por el propio Soros a través de la fundación Renaissance y la red de consultoría política[7].

No menos inquietante fue el proceso de selección del actual presidente ucraniano, al que la propaganda atlantista, en un arranque de humor y blasfemia, comparó con Salvador Allende. Volodymir Zelenskyi, actor y comediante de origen judío con un talento incuestionable (dada su capacidad para hipnotizar a un público occidental ya embriagado por dos años de retórica pandémica militarista), antes de dedicarse a la política estaba contratado por la televisión privada del poderoso oligarca Igor Kolomoisky. También de origen judío, ex presidente de la Comunidad Judía Unida de Ucrania y del Consejo Europeo de Comunidades Judías, Kolomoisky es también conocido por haber financiado a los grupos paramilitares que llevan ocho años masacrando a los civiles en el Donbás y por haber puesto un precio de 10.000 dólares a las cabezas de los milicianos separatistas. (Ni que decir tiene que se trata de los mismos grupos que asesinaron al periodista italiano Andy Rocchelli ante el absoluto silencio de nuestros medios de comunicación, mucho más interesados en defender los derechos pisoteados de una estudiante egipcia de estudios de género).

Ahora bien, volviendo a la afirmación hobbesiana de que "la definición de la injusticia no es más que el incumplimiento del pacto", no se puede dejar de recordar que, además de haber aceptado una gran expansión de la OTAN hacia el Este, en 2018 (bajo la administración Trump) Estados Unidos optó por una retirada unilateral del INF, sancionando efectivamente la posibilidad de llevar sus misiles a las fronteras de Rusia. ¿Cómo debería haber reaccionado la segunda potencia militar del mundo ante tal acto? Es bueno comenzar con los aspectos diplomáticos.

El 17 de diciembre de 2021, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa publicó el proyecto de acuerdo sobre garantías de seguridad presentado a la OTAN y a Estados Unidos. Estas incluían: a) descartar una mayor expansión de la OTAN hacia el este (incluida Ucrania); b) no desplegar tropas adicionales; c) abandonar las actividades militares de la OTAN en Ucrania, Europa del Este, el Cáucaso y Asia Central; d) no desplegar misiles de medio y corto alcance en zonas desde las que puedan verse afectados otros territorios; e) comprometerse a no crear condiciones que puedan percibirse como amenazas; f) crear una línea directa para contactos de emergencia[8].

Además, Moscú exigió expresamente la retirada de la declaración de Bucarest en la que la OTAN establecía el principio de la "puerta abierta" con respecto a la adhesión de Ucrania y Georgia a la alianza. Naturalmente, Washington y la OTAN rechazaron de plano las exigencias rusas.

Es esencial subrayar este hecho, porque la libertad invocada hoy por el presidente ucraniano en sus "sinceros" llamamientos no es otra cosa que la "libertad" de sus protectores para colocar misiles en suelo ucraniano que pueden llegar a Moscú en cuestión de minutos, destruyéndolo antes de que éste tenga siquiera la oportunidad de responder. Y la retórica beligerante utilizada por los gobiernos colaboracionistas europeos (Italia en primer lugar) defiende esta idea bastante extraña de la libertad, en base a la cual (repetimos) la segunda potencia militar del mundo (así como el principal proveedor de energía de Europa) no tiene garantizado el derecho a la seguridad. Para esta malsana idea de libertad (Italia, una vez más, en primer lugar, a pesar de la presencia de más de 70 cabezas nucleares estadounidenses que la convierten en un objetivo directo en caso de posibles represalias) se decidió enviar armas a Kiev (que acabarán en manos de grupos paramilitares más interesados en perseguir a sus conciudadanos pro-rusos que en hacer la guerra contra los rusos) y someter a sanciones sólo a una cuarta parte del sistema bancario ruso. En nombre de esta idea de libertad, producto de la manipulación ideológica-geográfica que responde al nombre de Occidente, se ha decidido el suicidio económico y financiero de Europa (para gran deleite de Washington). Y, de nuevo, sobre la base de esta inquietante idea de la libertad, se ha desatado una "caza de brujas" en la que se pide a los artistas de renombre internacional que abjuren de su patria; en la que se cancelan los cursos sobre Dostoievski, sólo para reinstaurarlos cuando un autor ucraniano da una opinión "contradictoria" (como si la par condicio pudiera aplicarse a la literatura); en la que toda voz que discrepa de la vulgata oficial es silenciada y acusada de pro-putinismo; y en la que se olvidan los últimos treinta años de agresión de la OTAN (incluidos los setenta y ocho días de bombardeo de Serbia) y los ocho años anteriores de guerra en Ucrania.

Hay un término para todo esto: guerra ideológica. La guerra ideológica es aquella en la que, tomando prestada la definición de Schmitt, se demoniza y criminaliza al enemigo. Por lo tanto, se hace merecedor de la aniquilación. La guerra ideológica no conoce límites y se basa en la subversión de la realidad. Es la guerra imaginaria de los pseudointelectuales, periodistas y analistas geopolíticos presos de la sobreexcitación bélica. Es la guerra en la que se crean falsos mitos: la heroica resistencia de los soldados ucranianos en la Isla de la Serpiente (que se rindieron sin disparar un tiro), el fantasma de Kiev derribando seis cazas rusos (que nunca existieron), la resistencia ucraniana volcando las señales de tráfico para confundir el avance ruso (en la era de la guerra tecnológica). Se trata de una guerra imaginaria en la que se describe a Rusia como un país aislado cuando en realidad está reforzando su cooperación con China y Pakistán (ambas potencias nucleares) y en la que se presenta a la UE y a la Anglosfera como el "mundo entero".

 

NOTAS

[1]C. Schmitt, “Sobre el Leviatán”, Il Mulino, Bolonia 2011, p. 39.

[2] Ibid, p. 45.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5]T. Hobbes, “Leviatán”, BUR, Milán 2011, p. 149.

[6]Ibidem, p. 155.

[7]Si Soros y las finanzas eligen al gobierno de Ucrania, www.ilsole24ore.com.

[8]Rusia: se revelan las garantías de seguridad solicitadas a la OTAN, www.sicurezzainternazionale.luiss.it.

Fuente