Más allá del "izquierdismo": la lacra "trotskista" en los movimientos contrahegemónicos.

31.05.2022

Es posible afirmar con bastante convicción que el siglo XX representó el escenario de la mayor polaridad ideológica de la historia de la humanidad. Aunque entendemos que otras cuestiones geopolíticas fundamentales han dictado el curso de esta polaridad, el peso de las ideas enfrentadas de ese periodo es innegable. En este sentido, también es notable que esos paradigmas ideológicos del pasado sigan reflejando el modus operandi de muchas organizaciones políticas de nuestro tiempo, lo que hace necesario comprender los problemas pertinentes a las organizaciones contrahegemónicas del mundo.

La izquierda comunista, de herencia bolchevique, estableció un fuerte hito en el siglo XX dentro de los paradigmas políticos contrahegemónicos. Aunque constituía un polo hegemónico dentro de su esfera de influencia, la Unión Soviética representaba, para la gran mayoría de los movimientos disidentes y revolucionarios de todo el mundo, un pilar contrahegemónico. Esto fue por razones obvias. La línea estalinista estableció una URSS terrestre, que podía entenderse fácilmente como un contrapunto al polo marítimo liderado por Estados Unidos, mucho más sentido por los pueblos del tercer mundo que su rival rojo. Dentro de esta lógica, es posible observar en la historia de los movimientos disidentes posteriores a la Segunda Guerra Mundial una clara tendencia a la "sovietización", a la aceptación de los paradigmas soviéticos como forma de establecerse como organización contrahegemónica dentro del espacio de poder estadounidense. Este comportamiento puso de manifiesto una cuestión fundamental para la lucha contrahegemónica: la necesidad de reforzar otros polos de poder como forma de dispersar el poder centralizado de la potencia hegemónica enemiga. En este sentido, es notable que la mayoría de los levantamientos populares y disidentes más relevantes de la segunda mitad del siglo XX se basaran en una lectura de la geopolítica soviética, aunque tuvieran raíces tradicionales diferentes. Se puede recordar la Corea del Pueblo, Cuba, Vietnam, la lucha por la independencia en varios países africanos y la resistencia latinoamericana. En la gran mayoría de estos procesos, la cuestión nacional fue la llama inicial de la revolución, que buscaba consumirse en los pilares globales que le permitían establecer su resistencia contra su enemigo más inmediato: los Estados Unidos de América y las potencias coloniales de Europa Occidental.

A pesar de esta correcta comprensión que llevó al éxito de varios grupos disidentes en todo el mundo en su lucha contra el imperialismo estadounidense, siguen surgiendo constantemente grupos fragmentarios anclados en un ideal de purismo ideológico, ignorando las condiciones reales de la geopolítica disidente. Dentro de los movimientos comunistas surgieron sobre todo los llamados trotskistas. León Trotsky fue un marxista revolucionario que, entre otras contribuciones teóricas al marxismo, representó la primera gran oposición dentro del Partido Bolchevique en el periodo posterior a Lenin. León Trotsky planteó una línea "más marxista" en detrimento de una línea "más nacional" adoptada por Josef Stalin como forma de tratar de preservar los logros de la revolución rusa, fortificando su propio Estado en lugar de aplicar la concepción marxista de una supuesta revolución global. Sin embargo, Trotsky no pecó sólo de ideas. Su problema central residía en la forma en que se estableció como oposición. El principio del modo de organización leninista es el centralismo democrático, que establece la unidad mayoritaria dentro del partido. A su vez, Trotsky rechazó sus derrotas en el seno del Partido Comunista y fundó un movimiento internacional antisoviético, que se establecería hasta hoy con los defensores de la "Cuarta Internacional". En la práctica, el trotskismo pretendía transformar la disidencia antiliberal en una disidencia antisoviética, para descentralizar los movimientos comunistas en la era del centralismo, ignorando el complejo nivel de las relaciones geopolíticas establecidas en aquella época.

Pues bien, es importante preguntarse: ¿Hasta qué punto sería razonable imaginar un Vietnam, una Cuba, una Corea basados en las ideas trotskistas? ¿Sería lo suficientemente realista imaginar a Fidel Castro negando la ayuda soviética porque simplemente no era comunista en sus primeros años de revolución? ¡Obviamente no! El trotskismo, como disidencia de la disidencia, sirvió en el fondo a los intereses occidentales de fragmentar y debilitar a la izquierda, arrebatándole su principal aliado en la geopolítica de las ideas del siglo XX: ¡la URSS! El trotskismo (como movimiento) era ingenuo, creía en la caduca fatalidad del materialismo histórico. Creía ser disidente y no estar estratégicamente situado en el contexto geopolítico de la época. El reflejo de este comportamiento es sólo uno: los trotskistas nunca lograron llegar al poder, a diferencia de los movimientos nacionales que comprendieron el papel central de la URSS en el contrapeso internacional del poder.

Pero después de todo, ¿qué significa todo esto todavía hoy? Es curioso meditar sobre la idea de que hoy en Brasil, por ejemplo, hay más partidos "comunistas" que en el siglo del comunismo. Cuanto más se alejaban del poder, más se fragmentaban los comunistas en ideales puristas (en el sentido marxista) y más se alejaban de la geopolítica. Fue y sigue siendo muy difícil para los movimientos de izquierda comprender el equilibrio adecuado de poder en el mundo. A estos movimientos les resulta difícil entender la idea de que ser contrahegemónico es también estar a favor del surgimiento de nuevas hegemonías con capacidad para disuadir el poder centralizador de una hegemonía unipolar. Este problema central no es exclusivo de la izquierda comunista, que lleva mucho tiempo inmersa en esta lógica. Ha afectado a la gran mayoría de los movimientos contrahegemónicos en general. Se puede ver, por ejemplo, la dificultad de la "derecha" contrahegemónica para reconocer la relevancia de China, así como la de la "izquierda" para reconocer el papel de Rusia. El papel de estas dos superpotencias en la actualidad no difiere mucho del papel soviético para los países del tercer mundo durante la guerra fría: el potencial del enemigo en común. ¿Era posible ser un brasileño contra la hegemonía de Estados Unidos sin defender el papel de la URSS (¡no se trata de comunismo, sino de geopolítica!)? ¿Hay alguna forma de ser brasileño, disidente y contrahegemónico sin defender el papel de Rusia en un nuevo reequilibrio de poder en el mundo? Para los trotskistas, en teoría y en espíritu, supuestamente lo es. Creen fielmente que es posible lograr una lucha disidente al margen de las jerarquías de poder en el mundo. Los chinos, los cubanos, los coreanos, los iraníes y los vietnamitas, entre otros, han logrado precisamente definir correctamente lo que significa el poder del príncipe.

Para nosotros, los brasileños disidentes, una lectura correcta de las relaciones de poder en el mundo es de suma importancia. Si se establecen polos en el mundo para oponerse a la hegemonía que nos oprime, ¡es necesario aliarse brutalmente con ellos! Kim Il Sung, por ejemplo, no desperdició su brillantez criticando las reformas de mercado chinas, al contrario, se centró en Corea de tal manera que apoyó firmemente el éxito chino como una etapa crucial en el mantenimiento de la revolución coreana, aunque no estuviera de acuerdo con las vías de mercado. Del mismo modo, Fidel toleró una URSS que en muchos aspectos no dialogaba en el mismo lenguaje que los revolucionarios cubanos. Es notable que la lucha disidente y contrahegemónica que tiene éxito sabe de antemano quiénes son sus enemigos y quiénes son sus enemigos. Los trotskistas y otros sectarios divisionistas defendieron y siguen defendiendo la concepción de ser el único sol capaz de sacar a los pueblos de la oscuridad hegemónica occidental, ignorando por completo la realidad geopolítica y las relaciones de poder en el mundo. Sin embargo, es fácil entender cómo surgen estas concepciones, que en su día se hicieron exclusivamente en el seno de las universidades y los congresos, lejos de la compleja y gradual realidad de la sociedad.

Cuando se tiene un objetivo verdaderamente revolucionario, disidente y contrahegemónico, no hay tiempo para divisiones y purismos incompatibles con la realidad. La construcción del mundo multipolar pasa directamente por el apoyo que cada polo no hegemónico presta a los demás para su establecimiento como fuente soberana de poder. ¡La victoria de todos los polos de poder enemigos de la unipolaridad occidental es la victoria de la soberanía brasileña!

¡El trotskismo es la enfermedad infantil de la disidencia!

Traducción de Enric Ravello Barber